Porque cada experiencia enriquece nuestro conocimiento;
y cada letra encierra una gota distinta del caudal de sentimientos que tiene un escritor.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

MÍTICOS INMORTALES EN ESPÍRITU



Llegará el día en que los años pesen sobre nosotros y que sobre aquellos cándidos recuerdos de niñez, estén los varios matices que dibujaron de cuerpo entero nuestra adultez. ¿Estamos listos para aquel momento? Si el horizonte se hace cada vez más lejano mientras avanzamos en nuestr humilde barca llamada "vida", ¿ qué pasará cuando lleguemos a tierra? ¿Acaso es el fin? ¿Habremos alcanzado el limbo ideal al cual otros llaman "el más allá"?
A veces, sin siquiera saberlo, pasamos de largo todos los momentos maravillosos que hicieron brillar nuestros ojos en juventud. ¿Quién hizo semejante magia? Pues, los personajes míticos y de leyenda, nuestro superhéroe; aquél íntegro mortal que se hizo inmortal en nosotros: nuestros padres.
Al unísono verseando a Facundo Cabral cuando canta: 
Un sendero que nos mostró y que ahora debemos seguir.
"La vejez... 
está a la vuelta de cualquier esquina,
allí, donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.
La vejez...
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue la juventud alguna vez."


“Ya no se acuerdan de mi; ni mis hijos me llaman”, expresa con tristeza Alberto Quintanilla, un hombre de 77 años que se dedica a la carpintería en un pequeño taller instalado en su casa cerca de Tembladerani. Así como Alberto, existen varios hombres que ya fueron puestos en el olvido por el tiempo y, aún peor, por sus propias familias. Se puede percibir el aire frío alrededor de aquellos padres que ven pasar los días en soledad y con el enorme desafío de sobrevivir. Algunos trabajan a pesar de pertenecer ya a la tercera edad, otros, en cambio, no pueden hacerlo y dependen de la renta que proporciona el gobierno que, si bien cubre algunos gastos, no les basta para poder vivir en “dignidad”.
Cerca de la plaza Riosinho, en la zona norte de la ciudad, abordé un taxi cuyo conductor era un hombre respetuoso, con algunos hilos plateados en su cabellera y mirada dulce. Cristóbal Choque, oriundo de la ciudad de Potosí, comenta con cierta tristeza y a la vez con un tono de resignación en su voz que su esposa murió hace 5 años y que desde entonces el debe trabajar “taxiando” de día y a veces algunas noches para poder pagar su renta y algo de comida. Cristóbal tiene un hijo de 33 años al cual ve con poca frecuencia. Si bien su hijo es profesional y trabaja, no colabora con su padre en gastos y lo visita muy poco. “Ya ha pasado el tiempo y yo cumplí mi labor; hice casi todo lo que tenía que hacer por él. La vida se acaba para mi y pues no puedo ir y molestarlo cuando el esta con su familia (esposa e hija). Prefiero no ser una carga y ganarme mi platita yo solo”, dice.
De la misma forma existen varios hombres que pasaron casi todos los días de su vida al cuidado de sus hijos; que los vistieron y educaron; que “se rompieron el lomo” para sacarlos adelante y formarlos para que esos hijos puedan defenderse solos en la vida. Padres de clase media, media baja y hasta padres de clase alta sufren esta congoja y aún más en estas fechas creadas por el hombre para celebrarlos. Sin embargo, hay otros padres que piensan muy poco en esta fecha y prefieren vivirla lo más normal posible; sin regalos, tarjetas o cosas materiales que “demuestren” todo el cariño que sus hijos sienten por ellos. Tal es el caso de Santiago Cortéz, auditor de profesión y con más de 30 años de experiencia como funcionario público, relata que a lo largo de su vida poco o nada le importaron los regalos en este tipo de celebraciones. “A mi no me interesan nada los regalos ni nada material en estas fechas. Prefiero mil veces que mis hijos (Nicolás de 23 y Soledad de 21) sean personas de bien y responsables consigo mismos. Para mi el mejor regalo de día del padre es saber que mis hijos llevan una vida ordenada y que son personas responsables, con valores y útiles a esta sociedad”, afirma con certeza el Licenciado Cortéz. 
Mientras van pasando los años, la juventud va olvidando aquellos valores de antaño que nuestros abuelos inculcaron en nuestros padres; aquellos valores de respeto, solidaridad y amor incondicional que forjaron la vida de los hombres que nos engendraron. El tiempo no se detiene ante nada, y la vejez llega a nuestras vidas tarde o temprano. A los padres que ya “cumplieron su labor”; a aquellos que sólo les falta esperar en su lecho a la muerte; a todos aquellos padres que sufren “más dura de las dictaduras”, a todos ellos se les debe un profundo respeto y vehemencia por todos los días que trabajaron por que sus hijos tuvieran un mejor futuro. En las palabras del cantautor argentino, Facundo Cabral, “La vejez... es la antesala de lo inevitable, el último camino transitable. (…) La vejez... es todo el equipaje de mi vida, dispuesto ante la puerta de salida por la que no se puede ya volver.” Honremos a nuestros padres, démosles un abrazo y un “te quiero” mientras podemos aún sentir sus latidos y el calor de un fuerte abrazo.                                                                                                                                    A mi padre, con amor.

domingo, 7 de octubre de 2012

MUNDO CICATRIZANTE


Era un día cualquiera con etiqueta de domingo. El sol resplandecía en los cielos y aún no sé porqué mi día fue tan negro como una noche de invierno. Sí, así joven era, había caído en las manos traidoras y frías del licor. Excusas varias que brotaban de mi boca a la hora de explicar todo lo que me había llevado a tomar copa tras copa hasta perder el juicio. A veces decía que ésa era la vida de un músico, bohemio y deprimido. Otras, decía que mis problemas no podían ser peores y que aquel líquido transparente borraría cada huella, cada paso.

Si bien no fue por mucho tiempo, el corto lapso que duró mi caída roía mi interior de la manera más desgarradora. Con los pantalones cubiertos de tierra por las veces que mi cuerpo sucumbió a la gravedad, caminaba lento por las calles de mi querida Tembladerani. Un barrio solitario y silencioso que cobijaba a propios y extraños. Ahí, cerca de la Avenida Jaimes Freyre, me di cuenta que no podía caminar más y me senté sobre el cemento recalentado por el astro rey. Había recorrido un largo trecho, calles extensas y con un aroma a 10 de la mañana. 

Horas previas a aquél helado momento, desperté en un bar muy cerca del Cementerio General. Me vi sin un centavo para volver a casa, sin mi móvil en el bolsillo; lo único que colgaba del pasador del pantalón eran mis llaves inertes hechas de metal.

Caminé y caminé sin un rumbo establecido. Mi cuerpo reaccionaba automáticamente y cogía velocidad. Un paso a la derecha y el otro, a cualquier parte. Mi apariencia poco usual asustaba a todo aquel que se me acercaba involuntariamente. El cabello sucio y largo que despedía un hedor a tabaco cubría mi rostro, mi piel enrojecida por los golpes súbitos de cada vaso que llevaba en la mano, vaciando su contenido en mi interior. Una delgada chamarra de cuero me había acompañado toda la noche, sin desampararme un solo instante. Era difícil caminar con aquellas botas. Me caía en algunas cuadras. Creo que mi brazo derecho realizaba una limpieza de pared al caminar apoyado en ella.

Y así, cuadra a cuadra, veía más cerca mi llegada a casa, a mi cama. Como no tenía ni un centavo, me detenía de rato en rato en varias tiendas para pedir algo de dinero que me ayude a estar a salvo en aquella jungla citadina repleta de silencioso frío y pavimento. Obviamente, no tuve mucho éxito. En una carnicería me dieron dos bolivianos; en una pensión sólo cincuenta centavos. El recorrido aún no había concluido y cuadras más adelante, consigo reunir seis bolivianos. Lloraba en cada paso que daba, no lograba comprender las artimañas con las que la vida me había jugado sucio hasta ese instante. Yo era un muchacho normal, de clase media y trabajadora. Con 17 años sobre la espalda, un número que sólo figuraba en mi carné, ya que la vida me había dado el doble de años con golpes a sabor de experiencia.
Creo que eran las 11 de la mañana cuando mi cerebro confabuló con mi tristeza y me hizo desear una gota más de alcohol. Ya por llegar a la conocida Vivienda Obrera, muy cerca del Estadio Bolívar, encontré una pequeña tienda, oscura en su interior que era resguardada por una mujer mayor. Le pedí de inmediato me vendiera un frasco de alcohol Guabirá y que además me regalase una bolsita rellena de agua cruda. Conseguí alimentar aquel repentino deseo y seguir bebiendo.

No era ningún indigente, pero aquel fatídico día conocí a gente que sí lo era. Ya cerca del Mercado “Stronguer”, mi cansancio hace que repose en una banca de madera que yacía solitaria en la puerta de una peluquería. Es entonces cuando se aproxima un hombre mayor, de unos 70 años aproximadamente. Su cabello pintado de gris cubrían las cicatrices que enmarcaban su rostro. De corta estatura, aquel hombre decide acompañarme. Traía dentro de la manga izquierda de su chamarra rota, una botella transparente de plástico. Extendió su brazo y me alcanzó aquel líquido embotellado. No era alcohol, pero sabía horrible. Yo, a modo de corresponder, le invité un sorbo de mi bolsa. Fue sorprendente su reacción acompañada de las palabras “esto es agua, no más”.

Asustado, no estaba. Me puse de pie y quise seguir bajando, pero este hombre me invita a acompañarlo a su “casa”. Accedí. El viento soplaba y mi cabello huía hacia atrás. Cada paso fue tan lento para mí, como si estuviera en dirección a mi muerte. Llegué a la “casa” de aquel ser y me di cuenta que no tenía paredes ni techo. Era un parque escondido detrás del mercado que contenía los peores escenarios que jamás haya visto. Mujeres, hombres y hasta niños se encontraban ahí. Al ir acercándome se reunieron alrededor y reconocían al visitante fugaz.

Un mundo lleno de compañerismo utópico se abría delante de mí. No recuerdo sus nombres, o mejor dicho, las “chapas” (apodos) de aquellos individuos olvidados por la sociedad. Ese día toqué fondo. Ese domingo mi vida vería colores que jamás se había imaginado ver. Bebí y bebí, ensuciando mi alma al mismo ritmo que mis brazos. Fue triste la manera en que conocí aquel sub mundo.

Ya llegada la noche, me fui. Caminé en silencio para que no notaran mi ausencia. Me aleje cuadra a cuadra, llorando. Aquella noche llovió en la ciudad y en mi interior. Ya en la puerta de mi casa, no pude coordinar mis movimientos y dejé caer mis llaves. Dentro de todo aquel trágico día, sonríe, casi furtivamente, una luz intermitente que cegaba mis ojos rojos e hinchados por mi desvelo. Mi madre. Abriendo la ventana, como presintiendo que una parte de su ser estaba ahí abajo, necesitando ayuda, me habló. Bajo a abrir aquella puerta metálica y ruidosa que me alejaba de mi hogar. Lloré a caudales, tanto que hubo un diluvio en mis ojos al sentir el abrazo de aquella mujer que me había dado la vida.

Comprendí que uno no valora lo que tiene hasta que siente haber tocado fondo. No volví a beber en meses, pero eso sí, ayudé a mucha gente que había sido devorada por la sangre del mismo demonio: el alcohol. La vida tiene matices distintos que necesitan de habilidades más grandes cada vez. El aprendizaje basado en la experiencia talvez sea el que más duele, pero estoy seguro que es el que mejor se valora.

sábado, 6 de octubre de 2012

REGALO DEL CREADOR PARA UN ADÁN COMO YO


Paraje furtivo que atrae a cualquier cazador
En lo más recóndito de aquél baúl que se nutre de mis recuerdos a diario; en esas páginas que, de seguro, ya forman uno de los libros más largos de la historia, ahí están ellas: las mujeres.

Desde que mi imaginativa mente cobraba vida, un pedazo de suave tela cubriendo los manjares más dulces de una mujer se hace presente para siempre: la minifalda. Las vi de diferentes colores y estilos, de diferentes “cortes”, con un contenido diferente que me llevaba de la mano por las fantasías más salvajes que puedo recordar. Y puntualizo, utilizando palabras de Arjona, que “no es ninguna aberración sexual”.

Aquella prenda seria y, al mismo tiempo, sensual en cada centímetro ha evolucionado al pasar los años, desde su creación hasta el día de hoy. Al principio, la minifalda representaba un escape femenino dentro de un mundo machista. A medida de que el tiempo transcurría en silencio, aquel pedazo de tela cobraba vida propia.

Dando un paseo, otra vez, por entre mis memorias, recuerdo a Andrea. Una bella mujer que ostentaba orgullosa unos 17 años, buen porte y excelentes medidas. Ella pertenecía a un grupo de amigos de barrio, allá por la silenciosa zona de Tembladerani, que solíamos reunirnos de vez en cuando para compartir anécdotas y crear muchas otras. Andrea era lo mejor del 2002, una muchacha con carisma y muy buen humor. La razón que me obliga a mencionarla trae un verosímil disfraz seductor. Andrea vestía una hermosa minifalda de color noche, tacones altos y una atractiva armonía en su caminar. Si no eran los lunes, los demás días nos alegraba el panorama con una suave “mini” a cuadros azules y grises. La clara imagen de una colegiala en minifalda.

Al año siguiente de su graduación, me dediqué a identificar a aquella diva anual que endulzaría mis ojos pardos a diario. Las picardías de jóvenes en colegios, aquellos muchachos ansiosos por expandir su álbum visual se quedaban parados en las gradas esperando ver subir esas minifaldas —que por cierto eran motivo de prejuico en ese entonces.

Nunca me había fascinado tanto con una minifalda como en los días que inicié mi vida de oficinista. Cada día era mejor. Mis compañeras de trabajo hacían de mi estancia ahí un completo placer. Las veía pasar desde mi escritorio, a otras las visitaba en los recesos del café o simplemente al yo pasar por su área de trabajo.

Alejandra, con sus hermosos 25 años, me miraba al pasar. Un soborno a mi sonrisa: su minifalda. Hablaba bonito y al escucharla no podía resistir la tentación de bajar la mirada hacia ese furtivo paisaje pintado de piel. Jamás me gustó ser muy obvio con la mirada y así me mantengo hasta ahora. Hay un borde invisible entre el respeto mutuo al apreciar la belleza de una mujer y la vulgaridad total.

Podría afirmar que a lo largo de mi vida, desde que tengo uso de razón, existen seres seductores que, todo el tiempo, brindábanme una tentación dulce y adictiva: las mujeres. Hermosas dádivas del Creador para cada Adán como yo; seres que con solo pasar en frente de nosotros iluminan el horizonte. Ellas y sus minifaldas, su deseo intenso de sentirse amadas por los ojos nuestros. Incomparable sensación que recorre milímetro a milímetro nuestras venas, haciendo posible así nuestra efímera existencia.

"¡Ay! Mujeres tan divinas; no queda otro camino que adorarlas", Vicente Fernández.

jueves, 2 de agosto de 2012

PASAPORTE UNIVERSAL, HISTORIA DE UN HOY QUE AÚN NO LLEGÓ


Un rayo de sol, lluvia a mi alrededor
Después de horas y horas que me atraparon a lo lejos, volví con fuerza. Estridente grito, que al ritmo de un buen riff del maestro George Lynch, guian mi mente por parajes escondidos y, a la vez, prohibidos. Excelente vista que sólo veo con los ojos cerrados; solitarias calles me muestran lo frío que puede el mundo ser sin un ingrediente vital: pasión.
Un cazador con ganas de más y más. Un amante furtivo, perdido por entre los brazos de la incertidumbre, agitado. Manos rodeando mi espalda, aire congelado que corre quemando cada uno de los rincones de este cuerpo fuerte, pero vulnerable a ti. 

Además de cada palabra, tengo un ritmo diferente entre líneas. Ideales que hace tiempo vi nacer al momento de abrir mis ojos, sin ver. Y hoy es como ayer, la dulce amargura de una batalla sin censura. Hoy es ayer... y será también mañana.


Hoy tengo unas ganas locas de escribir un blues,
De dejar el triste anonimato y salir a la luz.
Hoy tengo historias que cambiarán el mundo entero,
Desgarrador y voraz, transformando a los demás.

Hoy quisiera tener un pasaporte universal,
Que pueda llevarme a todas partes, hasta el espacio sideral.
Hoy me muero en silencio por gritar cantando
Que lo que necesito es más que simple y vana atención.

Hoy, y talvez mañana, el viento se canse de soplar en tu voz,
Y callado te de vueltas como aquél huracán en tu habitación.
Hoy y siempre espero que nuestro mundo sea mejor,
Tomando en cuenta, a cada instante, a aquél titán que nació: el amor.

 “Hoy, eternamente y aún después”, palabras que el pasado me dejó;
Pues yo les digo que cada uno de nosotros es un escritor.
Hoy me muero por estar vivo, relajarme y tomarme una copa de vino;
Pues los años pasan y mi piel de cacería por pasión está.

Hoy soy sólo un poeta que canta e interpreta canciones de amor,
Un trovador que en sus líneas guarda la voz del corazón,
Hoy quiero ser alguien más, alguien con mucho coraje al andar;
Mi música y su aroma te recordarán cada una de mis notas, y más allá.

lunes, 23 de julio de 2012

FACEBOOK, ARMA DE DISTRACCIÓN MASIVA


La red social Facebook, la más famosa en la actualidad, además de ser considerada una herramienta imprescindible para socializar más allá de cualquier frontera física, se ha convertido, con el tiempo, en una amenaza para la juventud a la hora de su desempeño en labores académicas.
Millones al alcance de un solo "click"
Desde su aparición en febrero de 2004, esta red social, creada en las aulas de la universidad de Harvard, ha llegado a tener tantos adeptos como gotas tiene el mar. Es muy frecuente notar que en un café-internet, a metros de algún centro educativo, la mayoría de las pantallas reflejan con claridad ese logo azul y blanco que nunca pasará desapercibido. Entre muchas cosas, la obra de Mark Zuckerberg se ha caracterizado por tener una sala de chat que permite una conversación “directa” con otro usuario. Los casi 500 contactos que la mayoría de los jóvenes tienen agregados en sus cuentas dan una señal de la magnitud en el alcance de comunicación que esta ciber-red puede tener.
Sin embargo, la parte negativa de su uso se hace latente hoy en día. Por un lado, con la ola de secuestros que la ciudad está viviendo, el compartir fotografías personales y de la familia se ha tornado peligroso. Según informes de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC), los secuestradores tienen a Facebook como nexo principal para ubicar y escoger a sus próximas víctimas, en su mayoría señoritas de entre 13 y 17 años.
Por otro lado, el “síndrome del Feisbuk” ataca con más frecuencia y se convierte, al mismo tiempo, en un arma de “distracción masiva” que deriva en el mediano desempeño académico de sus usuarios que cursan el colegio, institutos y universidades.
Enfoque Universitario realizó varias entrevistas a jóvenes de entre 17 y 22 años que están inmersos en actividades académicas y comprobó que la mayoría utiliza esta red social y realiza sus tareas de forma simultánea. Soledad Salas, estudiante de inglés del instituto First Class, afirmó que invierte más tiempo en revisar su Facebook y chatear con sus amigos que hacer sus trabajos de la universidad. Así como Soledad, existen varios jóvenes que dedican el corto tiempo que tienen para realizar sus tareas a actividades poco productivas como el de revisar fotografías de sus amigos, poner un “Me gusta” en algún comentario, escanear con detalle el muro de personas consideradas importantes para ellos, etc.  
En otro escenario, un sondeo de opinión, realizado en predios de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), ha advertido una gran número de jóvenes universitarios utilizan el Facebook para estar “al día” con la información concerniente a sus contactos y amigos (as) personales. “Me conecto como 2 veces a diario desde mi celular y a veces desde una computadora”, dijo Carol Alí Montecinos, estudiante de primer año.   
Las redes sociales en la web se convierten en un complemento más que ostenta el ser humano minuto a minuto. El estar conectado en tiempo real con varias personas, ya sea cerca o a kilómetros de distancia, evolucionó el pensamiento de sus usuarios y éstos, de manera inconsciente, dependen intrínsicamente de su uso. Facebook, el preferido por excelencia, conlleva un potencial cambio en la actitud de quienes lo tienen “a la mano”, en un teléfono móvil o un ordenador. Si la mayoría de la población estudiantil que recurre a esta red social descubriera las bondades que Facebook posee, esta herramienta podría llegar a ser muy útil y, de forma ineludible, un ingrediente importante para el desarrollo académico y personal de los jóvenes que lo utilizan.


lunes, 16 de julio de 2012

VALIÓ LA PENA

El aire se ha congelado y así también yo congelo cada latido, muerte súbita. La primavera se extinguió en mi mundo y el sol, como buen secuaz, apagó su lumbre en el horizonte de mi ser. El cielo sobre mi cabeza se derrumba formando gotas que como lágrimas se mezclan con la lluvia que brota de mis ojos. No sé por qué lo hiciste ni, mucho menos, por que lo hice yo. Es muy cierto lo que dice Sabina: "El amor, cuando no muere, mata. Porque amores que matan, nunca mueren".

He aquí un escrito que hace meses inspiró mi mente, tornándola en un remolino de emociones que, de alguna manera, sabía que iban a terminar en el olvido.

Y de mis ojos brotaban gotas de rocío que tu partida provocó.
"Si alguna vez, alguien derrama una lágrima por ti, mientras te despide en el aeropuerto; si esa persona no te quiere dejar ir, y te abraza y te besa repetidamente; si cuando por fin te suelta, te sigue lanzando besos desde el automóvil, baja la ventanilla y te sigue despidiendo y no avanza, a pesar del insistente pitido del policía que le dice que se mueva, (entonces) tú has experimentado uno de esos momentos por los que tu vida valió la pena.

Si alguna vez, alguien te llamó por teléfono desde el aeropuerto para decirte que está a punto de abordar un avión, pero quería despedirse de ti; y sigue hablando y hablando contigo hasta que ya sentada en su asiento le piden que apague el teléfono y aun después de haber cortado la llamada todavía te manda un mensaje de texto diciendo que te va a extrañar mucho; (entonces) ya experimentaste algo que muy poca gente ha sentido.

Si alguna vez, alguien se pone visiblemente nerviosa por tu simple presencia, si alguien te dijo que sintió mariposas en la panza al verte, o si tú has sentido lo mismo por alguna persona, considérate dichoso, pues has experimentado uno de los muy pocos sentimientos por los que vale la pena haber pasado por este mundo.

Considera que mucha gente, pasará por este mundo, inspirando nada más que miedo, tristeza, odio, lástima, o peor aún, nada, en la gente que lo rodea. Considera cuanta gente vive inmersa en la terrible monotonía que como sarro crece poco a poco en el corazón.
Cuanta gente, no ama ni es amada. Cuanta gente vive resignada en la costumbre, cuantas personas están con otros, simplemente porque es lo que más les conviene.

De tal forma que si en el devenir de tu vida, hiciste alguna locura que te llevó a que alguien te extrañe tanto como para que la separación cueste, debes de pertenecer a un muy restringido porcentaje de gente, que hizo que todo aquello valiera la pena. Eres alguien que hizo que otra persona lo amara, pero más aún, que fue necesitado, como una droga en un síndrome de abstinencia. Eres alguien que amó, con ese fuego que te hizo dar el paso extra, que casi nadie da. Eres alguien muy dichoso, tan sólo por haber experimentado eso que resulta ser el verdadero motor que ha movido al mundo e inspirado los poemas inmortales, las canciones que perduran en el tiempo, las obras de arte que hacen que el mundo sea más bello. La llama que inspiró a los artistas, ya ardió en tu corazón. 

Fuiste protagonista de uno de esos momentos que se han inmortalizado en fotografías. Esa despedida de película ya fue tuya. A ti fue a quien la gente que caminaba alrededor, se detuvo a ver con una sonrisa en el rostro, anhelando ese beso apasionado que te dieron en medio de la calle, sin importar nada de lo que sucedía alrededor. A ti fue al que extrañaron. Tú fuiste quien saboreó la melancolía de dejar a aquella mujer (u hombre) con la promesa del reencuentro. Eras tu el dichoso, y no aquella pareja con maletas Louis Vuitton haciendo fila en la sección de First Class, que durante los 10 minutos que duró la espera, no se dirigió la palabra, ni siquiera la mirada y no digamos una caricia. Ellos no sintieron la necesidad del contacto físico. No querían ese último beso que cada vez que se daba se convertía en penúltimo, pues tenía que haber uno más. Ellos no fueron los que sintieron el olor de la otra persona aun impregnado en la nariz, como dichoso resabio de una noche entera fundidos en abrazos y caricias. Ellos no hicieron eso nunca. Tú lo hiciste anoche. Y por eso eres casi único. Anoche consumiste más pasión, que la que mucha gente no saboreará en toda su vida. No importa entonces, que pasará mañana.

Ya podrías irte en paz en cualquier momento. Entre tú y ese alguien más, ya hicieron que dos vidas, entre millones, valieran la pena."(Miguel Ángel Valdez)

La pregunta que dibuja mi cabeza ataca con firmeza cual sable de doble filo: ¿Todo lo que nosotros vivimos, ha valido la pena?