Porque cada experiencia enriquece nuestro conocimiento;
y cada letra encierra una gota distinta del caudal de sentimientos que tiene un escritor.

miércoles, 22 de marzo de 2017

A PLUMA Y ESPADA

De los sitiales más oscuros
De aquél rezo inconcluso
Sin saber de ti ni del mundo
Ni de nada conocido, nací.


Luchador desde el inicio
Trovador cansado y sin oficio
La tierra, el vino y tu cariño
¡Que combinación! ¡Qué delirio!


Cual caballero sin fortuna
Sin armadura ni gloria alguna
Así de bendecido por la vida
Desterrado por la muerte misma, viví.


Tanta belleza, tanta osadía
Me matas con sólo mirarme
Aunque aún tus labios
No hayan pasado por aquí.


Hay tanto que decirte
Memorias que aún no existen
Porque esta ausencia tuya
A tenor de mi pluma, me mata.

lunes, 20 de marzo de 2017

DILUVIO EN LA CIUDAD

No había acabado de llover cuando me di cuenta que ya había caminado como 4 cuadras bajo aquel manto fresco de agua bendita. El olor del asfalto mojado llega a ser como una droga que adormece los sentidos y nos lleva de viaje a otros tiempos, a otros escenarios. Los libros se me estaban mojando al igual que las ganas de verte. Era tan curioso sentir que podía sentirte llegar, imaginando el minibús de algún color llamativo como los que se ven a diario en esta ciudad, trayéndote hacia mí. 

Ya parado en medio de aquella plazuela, todo el mundo me miraba desde su escondite lejos de la lluvia, como si las gotas de agua fueran balas de guerra en pleno ataque militar. Imagino que temían enfermarse; yo carecía de tal temor porque ya estaba enfermo por tu ausencia. No obstante, me rehusaba a irme, sin importar el temporal. Mis pies estaban congelándose poco a poco, como si hubieran sabido que ya pasaban de las nueve de la noche y el frío era implacable y tenaz.

Cada minuto moría lentamente tras el anterior, y el anterior, y el anterior. La calle ya estaba más desierta que bar en Semana Santa. ¿Ya llegará? Me preguntaba una y otra vez. Sin embargo, la respuesta parecía tan obvia. No. No llegará. ¿Por qué atreverse a enfrentar el diluvio que acechaba la ciudad y mi corazón aquella noche de otoño?

Antes de irme, le dejé una nota por si algún día decidía aparecer. La nota estaba escrita en un papel que a mi puño y letra decía: "La eternidad que sentí al esperarte bajo la lluvia es la misma eternidad que me gustaría vivir a tu lado".

sábado, 4 de febrero de 2017

NÓMADA



La vida me enseñó que el camino no está siempre dicho, que las huellas no siempre dicen por dónde hemos ido. El factor de reacción es el sentimiento que nos mueve lentamente del colchón, y de vuelta hacia él. Amor o pasión, deseo u obsesión. Lo que quieran llamarle. Al final llegan a ser sólo claros eufemismos nada más. Máscaras de piel y de algodón.

Cada nota en la guitarra que nunca aprendí a tocar, cada palabra de aquellos versos que nunca aprendí a crear, todas forman parte del círculo interminable de vicios y adicciones que con los libros y con sus labios adquirí.

¿Es posible viajar sin equipaje? Puedo afirmar que no. Nadie se lanza al otro lado del mundo llevando sólo lo que trae puesto. Necesitas algo, una prenda, un cepillo de dientes, un sueño, que te recuerde claramente de dónde vienes y te dé una pista hacia a dónde vas. Y así, me puse a pensar en todo el equipaje que llevo en las espaldas a cada uno de mis destinos que hasta el día de hoy se hacen infinitos. Es como hacer un recorrido por cada capital en cada uno de los siete continentes de este mundo variopinto.

No tengo cualidad de sedentario. Me enamora viajar y viajando me he enamorado. Nómada en toda la extensión de la palabra y su sentido. Es ya casi imposible que me asiente en un solo sitio. Es complicado entender el porqué en cuanto me gusta más de la cuenta, en cuanto me enamoran sus bosques y playas, me marcho del último destino al que voy. ¿Cobardía? No. Es solamente mucho más amor por seguir viajando. Quizás muera en mi intento de encontrar la ciudad perfecta, el clima ideal y la vista que quiero grabar en mis retinas por el resto de mis días.

Aunque no lo crean, es triste sentir que después de viajar tanto, no perteneces a ningún sitio. Triste saber que ya ni el whisky sabe igual después de tantos años. ¡Al carajo! Si aquella 500 noches de Sabina, yo las vivo día a día; sin importar que esté volviéndome aún más loco de lo que ya estoy, derrochando, poco a poco, el dinero, la vida y los sentimientos.

martes, 27 de septiembre de 2016

LA MUERTE: ¿EL FIN DEL CAMINO?


El frío y la piedad nunca entablaron relación perfecta. Las entrañas del mundo y de quienes lo habitamos preferimos a la segunda. Piedad que encarna el calor humano al estar vivo, mismo calor que viene acompañado del fuego, del sol, de tu alma. Al transcurrir nuestra vida vemos reflejado en la realidad el incomparable sentimiento que el estar frío significa. Estar frío, ser frío, mirar frío y sentir fríamente son matices que la historia y la física se han encargado de pintar de azul y negro. Negro como la noche. Estoy casi seguro que sólo a los noctámbulos como yo nos gusta disfrutar de ese aire frío que cala hondo en los huesos aún así sea verano. No es cuestión de las estaciones del año o de la ubicación; es cuestión de ausencia y de dolor.

¿Por qué los estereotipos se han encargado de pintar el negro de la noche con horror? Cada signo vital que puebla nuestros cuerpos sabe que el frío y la noche no son compañeros de viaje. Mientras más calor y luz de sol, más feliz el organismo podría estar. ¿Y es que acaso la noche es símbolo de maldad y oscuridad de espíritu? Si las mejores cosas se hacen de noche. El amor, por ejemplo. Sin embargo, estas líneas no son para hablar de la noche en sí. Sólo fue un preámbulo a Nyx, la diosa griega de la Noche. Diosa que en sus entrañas divinas engendró a Thánatos, la clara personificación de la muerte en la mitología griega.

Es así que la Noche y la Muerte se encuentran en un torcido concepto de amor entre los dos. La muerte asecha de noche, se apodera de los mortales secundada por la oscuridad ófrica y fría. Sin embargo, Thánatos encuentra formas aún más creativas de hacerse inolvidable y nunca pasar desapercibido. De noche o de día, aquí o allá, el dios de la muerte pasa factura.

Es inevitable aquella sensación de vacío al sentir el calor abandonar tu cuerpo. Yo lo sé. Lo sé y no por hablar —o escribir—, no por mero charlatán sin tener nada que contar. Lo sé porque de noche yo vi al hijo de Nyx llevarse la última chispa de calor que en mí resplandecía. Tenía, si mal no recuerdo, unos 18 años. La cabellera larga y el cuero negro en mis ropas simbolizaban que también quería ser un dios. Un dios de la noche, un dios inmortal que solo sienta frío al caminar. Pero iba a ocurrir algo que cambiaría mi vida por completo, iba a conocer a Thánatos. 

Con tanta información y confusión en mi cabeza ya había reservado, inconscientemente, una cita con este mítico ser. Las artes oscuras —y vuelvo a puntualizar la parafernalia absorbente de la oscuridad y la noche— y yo ya teníamos cierto tiempo de conocernos. Había caminado senderos que nunca antes había imaginado, subido cuestas y bajado desfiladeros a pie. Quería conquistar algo que dibujaba por completo al antagonista de aquella muerte que tanto me seducía. El amor de mi vida —de aquella mi vida hasta entonces. ¿Cómo puede uno comprar amor vendiendo su alma? ¿Acaso debo sucumbir al frío de la noche eterna para poder vivir del calor que el amor “representaba”? No lo sabía a ciencia cierta. Sólo sabía que en una de esas noches yo quedaría atrapado y sólo un milagro podría salvarme.

Mi cita con Thánatos tuvo tinte moderno. Un colosal animal de acero que con sus cuatro ruedas girando a 1000 por hora me había mandado a las hambrientas fauces del león, a las once y media de aquella noche. Una ráfaga de luz había sido el inicio de mi oscuridad. Sentí que en alguna parte del universo alguien sufría sin siquiera verme. Por supuesto, debió, sin duda, ser mi madre. El golpe de aquella rauda embestida me había tumbado al suelo y destrozado una pierna, la clavícula derecha y algunas costillas. Bueno, eso fue lo que los médicos le dijeron a mi familia cuando vinieron a verme al hospital. Thánatos no tuvo piedad de mi alma y se la llevó a caminar por un par de horas. Me despojó de mi cuerpo terrenal y me mostró que el mundo no era tan lindo y caluroso como lo pintaban algunos. Creo que en algún momento de aquellas horas lo comprendí y hasta perdoné. Viajé y vi el dolor que mucha gente siente por culpa de otros que, sin permiso de la muerte, la infunden. Yo creo que ni Dalí lo hubiera pintado de manera tan extraordinaria como lo hicieron mis ojos aquella noche. 

Algunas horas más tarde, aquel ser mitológico había decidido darme una segunda oportunidad más. Ese detalle que a la noche le faltaba: piedad. Cuando volví en sí, después de seis horas los médicos batallar por mi cuerpo terrenal, lo primero que vi fueron los ojos de mi madre. No podía contener el dolor ni la impotencia por derramar las pocas lágrimas que me quedaban. No sentía mi piel ni el calor en mi rostro. 


¿Es la muerte el final del camino? o ¿simplemente el inicio de una travesía constante y etérea, infinita?

miércoles, 17 de agosto de 2016

PALABRAS, REFLEXIONES Y UN CAFÉ

Va pasando la tarde y el café se enfría lentamente en mis manos. Palabras vienen y palabras van, es como si la tinta se hubiera convertido en parte de mi piel. Cruzando la calle, la niebla infinita, inmutable, y en cada esquina un recuerdo distinto, una lección diferente, un tropezón y un abrazo al final.
Nadie es dueño de nuestra felicidad. Yo creo con firmeza que somos nosotros mismos quienes la debemos construir. La felicidad es cuestión de actitud, mas no de poseer riquezas, dinero, ni ninguna de esas banalidades propias de este mundo consumista que ahora nos acoge. No serás completamente feliz hasta que hayas hecho feliz a otra persona.
¿Alguna vez te derrotaron los problemas y las complicaciones? Pues, déjame decirte que muchos guerreros perdemos batallas, pero jamás perdemos la guerra. Esta guerra constante en la que estamos metidos aguerridamente desde que nacemos. El único rival que tienes por delante eres tú mismo, tú misma, con tus propias debilidades e incoherencias. Sin embargo, eres un ser libre y la razón de tu vida es tu propia autorealización. Debemos luchar cada día por cambiar lo que hacemos mal y mejorar lo que hacemos bien. Ten cuidado al poner tus ideales muy altos, sé consciente de que el verdadero ideal no es ser perfecto, sino ser un poco mejor cada día.
Aún recuerdo cada una de mis caídas, cada una de mis estridentes derrotas que hasta me condujeron al borde de este mundo en donde la vida y la muerte se sientan a tomar un café. Ese café que para este momento ya está tan helado como las noches del invierno paceño.

Tú eres el reflejo de tus propios pensamientos. Deja de pensar mal de ti y aprende a ser el mejor amigo de ti mismo. Aprende a sumergirte en tu interior y sonreír siempre. No necesitas mudarte de planeta para ser feliz, el triunfo llega sólo con mucho esfuerzo de tu parte.
Cree en ti mismo, cree en ti misma. Abraza tu singularidad, sin desmerecer la fe en los demás. No necesitas compararte con otros para sentirte bien con tu cuerpo y tu espíritu. Tú, eres tú. La razón de tu vida eres tú y tu paz interior será fruto de tu propia valorización.
Yo siempre te voy a querer así como tú eres. No trates de cambiar por nadie, sino sólo por ti mismo, por ti misma. No trates de cambiar a nadie: cada uno es responsable de su propio cambio. Critica menos y no olvides de agradecer a Dios, al Universo y a los tuyos por el cariño que te dan.
Aprende a perdonarte y a reconciliarte con tus propias debilidades. Revitaliza cada día tu solidaridad y tu compasión, sin olvidar que estás llamado a transformar el mundo comenzando por transformarte a ti mismo.
Aíslate menos y ama más. No discrimines ni juzgues a los demás, ni exijas que hagan lo que tú no has podido lograr. Ponte en su lugar y comenzarás a ser más tolerante.
Cierra brevemente los ojos, reflexiona un poco y empezarás a ver mejor. Recuerda siempre dedicarle tu tiempo a leer, porque es el secreto de la sabiduría; a pensar, porque es la fuente del poder; a amar y ser amado, porque es el camino de la felicidad; a trabajar duro, porque es el precio del éxito; a reír, porque es la música del alma y tu espíritu; a orar; que es el diálogo con Dios.

Aprende a amarte, a respetarte, a llenar tus años de vida. Dedícate a ser feliz cada día, hoy, mañana, eternamente y aún después.

viernes, 2 de octubre de 2015

SI DE ALGO ESTOY SEGURO

Nubes de un color más oscuro que el de tus ojos reflejaban en los míos todos aquellos anhelos que ya había dejado atrás el momento que te marchaste de mi vida. El viento ya no era el mismo, quemaba mis entrañas, y de las tantas mañanas que compartimos sólo quedaban las sábanas frías, el café helado y mis lágrimas secas por tu ausencia. 

¿Habré soñado tu rostro en alguna de mis tantas noches de bohemia y ron? No lo creo. De ser así volverías a mí con cada vaso y al compás de la música que tanto te gustaba. ¡Ya sé! Te imaginé, como imagino siempre las cosas más bellas que superan la belleza de este planeta; te imaginé y te dibujé en mi mente y en mi piel mejor que si lo hubiese hecho Van Gogh, Sabina o Picasso. De una u otra manera, el conocerte me demostró que sí existe vida después de la muerte ya que antes de ti yo andaba en un mundo sin sol ni calor, muerto e inerte día tras día; era un prisionero sin tierra ni nación alguna que quisiera cobijarme en su seno cálido. Sin embargo, no me equivocaría jamás si afirmara rotundamente que tú me liberaste de mí mismo, fuiste el indicador que separó mi vida en un antes y un después no sólo por lo que me enseñaste, sino, también, por las cosas que aprendí al verte cada mañana y, aún mejor, cada noche. 

Como dijo Octavio Paz “la imaginación es la espuela del deseo, su reino inagotable e infinito”. He ahí la razón del porqué inundaste mi cabeza con tu cuerpo y tu piel desde el primer momento en que mis ojos te vieron. Estoy seguro que ahora que te has ido te alegraría saber que fuiste tú y sólo tú quien encendió la mecha que hizo estallar mi ardiente y apasionada imaginación que ya había conocido tu piel mucho antes de la primera vez que hicimos el amor. 

¿Recuerdas la primera taza de café que bebimos juntos? Estoy seguro que sí. Estoy aún más seguro que tus nervios te escandalizaban en silencio ahí sentada en mi viejo sillón. Hablamos de todo y de nada al mismo tiempo; no creí que el tiempo existiera en aquel espacio intermitente que bordeaba la realidad y sobrepasaba el ensueño. ¿Sabes? Con cada sonrisa tuya, mi aliento se volvía cálido, la amargura de mi cuerpo sin vida se llenaba de dulzura. No estoy seguro de que me haya enamorado de ti en aquel momento o si ya lo había hecho mucho antes de conocerte; pero de algo sí estoy seguro, de que me enamoré de ti. 

El papel y mi tinta ahora ya no podrán verte más, no obstante mi voz seguirá viajando en silencio a través del viento y el tiempo hasta tus oídos. Ahora el reloj volvió a cobrar vida y, al marcharte tú, los minutos volvieron a apuñalarme por la espalda noche y día, aún más cuando deseo conversar contigo en mi soledad. Sin embargo, prometo volver a escribirte y retratar en cada palabra lo que vivimos juntos; inmortalizar tu esencia en mi piel a través de mi pluma para que el mundo entero sepa que si de algo estoy seguro, es de haberte amado con locura y desenfreno, sin tedio ni temor. En fin, que sepan todos, propios y extraños, que te he amado con pasión exorbitante, con premeditación. Y que sepan también que mi cama te extraña tanto como te extraño yo.