Ain't no words to say. The day has come to an end and a new reborn is about to see the dawn of another journey. Changes to come are seen above. The horizon shine seem to be dim, then again clearing the world of this human being.
See you soon, fellas...
Porque cada experiencia enriquece nuestro conocimiento;
y cada letra encierra una gota distinta del caudal de sentimientos que tiene un escritor.
y cada letra encierra una gota distinta del caudal de sentimientos que tiene un escritor.
viernes, 13 de septiembre de 2013
jueves, 4 de julio de 2013
LOVE ON THE ROCKS
"Love stories generally build up to a romantic climax and then end,
leaving us with the impression that the couple lived happily ever after.
Sadly, the reality is rarely as rosy as this.
In the first flush of love nothing much matters beyond being together -
no sacrifice is too great if it helps you spend more time with the
person whose mere presence intoxicates you. But when the intoxication
starts to wear off, as it does unfortunately, little misunderstandings
start occuring, causing friction, irritation, long cold silences or
angry rows and the rosy image of love can give way to a deep sense of
disillusion.
Why is there this friction between men and women? John Gray
thinks he knows the answer. The root cause of the problem, apparently,
is that men and women don't understand just how different they are
emotionally. Men and women respond to problems in very different ways
and consequently have very different emotional needs. When people
insist on their own needs and fail to properly appreciate the needs of
their partners there is bound to be friction.
Women, typically, deal with problems and stresses by talking about how
they feel. A woman may easily feel overwhelmed and by talking she will
find relief and feel less upset. There is no need necessarily to deal
with the practicalities of the problem - they are of secondary
significance. What really matters is expressing herself, exploring her
emotions and getting the support from a loving relationship in which she
feels that she is understood.
Whereas women want to talk and talk about their problems, men withdraw
into the caves of their mind to focus on solving the problem. A man's
self-esteem is built on a sense of how competent he is, so he feels he
must develop the skills to solve his problems on his own. Asking for
help or idly expressing how terrible you feel is perceived as an
admission of weakness and incompetence. Rather than looking for
understanding, men want their partners to admire them for the way they
achieve their goals.
To illustrate a typical lack of understanding Gray describes the
following scenario: a man and a woman return home burdened by their
respective problems - he has been sitting on the train or in his car
silently trying to work out the problems of the day, but they seem
insoluble and a guy like this, when he gets home, is likely to have a
burning need to just sit in front of the telly or play a game just to
take his mind off his problems and find a way to gradually relax. But
just when he is trying to forget a confusing and problematic reality,
his partner wants him to listen as she pours out all her problems,
looking for support and understanding. If he has the energy, he may
tolerate this just enough to work out what the main problem is, then he
will bluntly suggest a solution before returning to the TV or the game.
But the woman doesn't want solutions - she wants a kind ear and someone
to embrace her. Each annoys the other: he with his silence and she
with her continual moaning.
The more busy life becomes, the greater this friction will be. As the
problems men face seem greater and more intractable, the more they need
to escape and the less they are able to patiently sit and lovingly
listen to their partner's frustrations. The more demanding a woman's
life becomes, the greater her emotional turmoil is and the more she has
to express. If her partner is glued to the TV or out skydiving all the
time, they will grow further and further apart.
John Gray, whose job it is to provide counselling for couples, is
optimistic. With a little help he thinks men and women can understand
each other better and learn to respect their differences. He thinks
that women can start to respect that men need to withdraw to cope with
stress and they can realise that this doesn't mean that they no longer
love them. And he is convinced that men can find that listening to
their partner talk about her problems could actually help them come out
of their caves in the same way as watching TV or skydiving. Apparently,
men
need to be needed. By learning to listen without giving solutions
they can see how much of a positive difference they can make in their
partner's life and thus appreciate how important they are. So the key
to keeping the flames of love alight would seem to be less telly and
more listening."
miércoles, 14 de noviembre de 2012
MÍTICOS INMORTALES EN ESPÍRITU
Llegará el día en que los años pesen sobre nosotros y que sobre aquellos cándidos recuerdos de niñez, estén los varios matices que dibujaron de cuerpo entero nuestra adultez. ¿Estamos listos para aquel momento? Si el horizonte se hace cada vez más lejano mientras avanzamos en nuestr humilde barca llamada "vida", ¿ qué pasará cuando lleguemos a tierra? ¿Acaso es el fin? ¿Habremos alcanzado el limbo ideal al cual otros llaman "el más allá"?
A veces, sin siquiera saberlo, pasamos de largo todos los momentos maravillosos que hicieron brillar nuestros ojos en juventud. ¿Quién hizo semejante magia? Pues, los personajes míticos y de leyenda, nuestro superhéroe; aquél íntegro mortal que se hizo inmortal en nosotros: nuestros padres.
Al unísono verseando a Facundo Cabral cuando canta:
![]() |
| Un sendero que nos mostró y que ahora debemos seguir. |
"La vejez...
está a la vuelta de cualquier esquina,
allí, donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.
La vejez...
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue la juventud alguna vez."
allí, donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.
La vejez...
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue la juventud alguna vez."
“Ya no se acuerdan de mi; ni mis
hijos me llaman”, expresa con tristeza Alberto Quintanilla, un hombre de 77
años que se dedica a la carpintería en un pequeño taller instalado en su casa
cerca de Tembladerani. Así como Alberto, existen varios hombres que ya fueron
puestos en el olvido por el tiempo y, aún peor, por sus propias familias. Se puede percibir el aire frío alrededor de aquellos
padres que ven pasar los días en soledad y con el enorme desafío de sobrevivir.
Algunos trabajan a pesar de pertenecer ya a la tercera edad, otros, en cambio,
no pueden hacerlo y dependen de la renta que proporciona el gobierno que, si
bien cubre algunos gastos, no les basta para poder vivir en “dignidad”.
Cerca de la plaza Riosinho, en la
zona norte de la ciudad, abordé un taxi cuyo conductor era un hombre respetuoso,
con algunos hilos plateados en su cabellera y mirada dulce. Cristóbal Choque,
oriundo de la ciudad de Potosí, comenta con cierta tristeza y a la vez con un
tono de resignación en su voz que su esposa murió hace 5 años y que desde
entonces el debe trabajar “taxiando” de día y a veces algunas noches para poder
pagar su renta y algo de comida. Cristóbal tiene un hijo de 33 años al cual ve
con poca frecuencia. Si bien su hijo es profesional y trabaja, no colabora con
su padre en gastos y lo visita muy poco. “Ya ha pasado el tiempo y yo cumplí mi
labor; hice casi todo lo que tenía que hacer por él. La vida se acaba para mi y
pues no puedo ir y molestarlo cuando el esta con su familia (esposa e hija).
Prefiero no ser una carga y ganarme mi platita yo solo”, dice.
De la misma forma existen varios
hombres que pasaron casi todos los días de su vida al cuidado de sus hijos; que
los vistieron y educaron; que “se rompieron el lomo” para sacarlos adelante y
formarlos para que esos hijos puedan defenderse solos en la vida. Padres de
clase media, media baja y hasta padres de clase alta sufren esta congoja y aún
más en estas fechas creadas por el hombre para celebrarlos. Sin embargo, hay otros
padres que piensan muy poco en esta fecha y prefieren vivirla lo más normal
posible; sin regalos, tarjetas o cosas materiales que “demuestren” todo el
cariño que sus hijos sienten por ellos. Tal es el caso de Santiago Cortéz,
auditor de profesión y con más de 30 años de experiencia como funcionario
público, relata que a lo largo de su vida poco o nada le importaron los regalos
en este tipo de celebraciones. “A mi no me interesan nada los regalos ni nada
material en estas fechas. Prefiero mil veces que mis hijos (Nicolás de 23 y
Soledad de 21) sean personas de bien y responsables consigo mismos. Para mi el
mejor regalo de día del padre es saber que mis hijos llevan una vida ordenada y
que son personas responsables, con valores y útiles a esta sociedad”, afirma
con certeza el Licenciado Cortéz.
Mientras van pasando los años, la
juventud va olvidando aquellos valores de antaño que nuestros abuelos
inculcaron en nuestros padres; aquellos valores de respeto, solidaridad y amor
incondicional que forjaron la vida de los hombres que nos engendraron. El
tiempo no se detiene ante nada, y la vejez llega a nuestras vidas tarde o
temprano. A los padres que ya “cumplieron su labor”; a aquellos que sólo les
falta esperar en su lecho a la muerte; a todos aquellos padres que sufren “más
dura de las dictaduras”, a todos ellos se les debe un profundo respeto y
vehemencia por todos los días que trabajaron por que sus hijos tuvieran un
mejor futuro. En las palabras del cantautor argentino, Facundo Cabral, “La
vejez... es la antesala de lo inevitable, el último camino transitable. (…) La
vejez... es todo el equipaje de mi vida, dispuesto ante la puerta de salida por la que no se puede ya volver.” Honremos
a nuestros padres, démosles un abrazo y un “te quiero” mientras podemos aún
sentir sus latidos y el calor de un fuerte abrazo. A mi padre, con amor.
domingo, 7 de octubre de 2012
MUNDO CICATRIZANTE
Era un día
cualquiera con etiqueta de domingo. El sol resplandecía en los cielos y aún no
sé porqué mi día fue tan negro como una noche de invierno. Sí, así joven era, había caído en
las manos traidoras y frías del licor. Excusas varias que brotaban de mi boca
a la hora de explicar todo lo que me había llevado a tomar copa tras copa hasta
perder el juicio. A veces decía que ésa era la vida de un músico, bohemio y
deprimido. Otras, decía que mis problemas no podían ser peores y que aquel
líquido transparente borraría cada huella, cada paso.
Si bien no
fue por mucho tiempo, el corto lapso que duró mi caída roía mi interior de la
manera más desgarradora. Con los pantalones cubiertos de tierra por las veces
que mi cuerpo sucumbió a la gravedad, caminaba lento por las calles de mi
querida Tembladerani. Un barrio solitario y silencioso que cobijaba a propios y
extraños. Ahí, cerca de la Avenida Jaimes
Freyre, me di cuenta que no podía caminar más y me senté sobre el cemento
recalentado por el astro rey. Había recorrido un largo trecho, calles extensas
y con un aroma a 10 de la mañana.
Horas previas a aquél helado momento, desperté en un bar muy cerca del Cementerio
General. Me vi sin un centavo para volver a casa, sin mi móvil en el bolsillo;
lo único que colgaba del pasador del pantalón eran mis llaves inertes hechas de metal.
Caminé y
caminé sin un rumbo establecido. Mi cuerpo reaccionaba automáticamente y cogía
velocidad. Un paso a la derecha y el otro, a cualquier parte. Mi apariencia
poco usual asustaba a todo aquel que se me acercaba involuntariamente. El
cabello sucio y largo que despedía un hedor a tabaco cubría mi rostro, mi piel
enrojecida por los golpes súbitos de cada vaso que llevaba en la mano, vaciando
su contenido en mi interior. Una delgada chamarra de cuero me había acompañado toda la
noche, sin desampararme un solo instante. Era difícil caminar con aquellas
botas. Me caía en algunas cuadras. Creo que mi brazo derecho realizaba una
limpieza de pared al caminar apoyado en ella.
Y así,
cuadra a cuadra, veía más cerca mi llegada a casa, a mi cama. Como no tenía ni
un centavo, me detenía de rato en rato en varias tiendas para pedir algo de
dinero que me ayude a estar a salvo en aquella jungla citadina repleta de
silencioso frío y pavimento. Obviamente, no tuve mucho éxito. En una carnicería me
dieron dos bolivianos; en una pensión sólo cincuenta centavos. El recorrido aún
no había concluido y cuadras más adelante, consigo reunir seis bolivianos.
Lloraba en cada paso que daba, no lograba comprender las artimañas con las que la vida
me había jugado sucio hasta ese instante. Yo era un muchacho normal, de clase media y
trabajadora. Con 17 años sobre la espalda, un número que sólo figuraba en mi
carné, ya que la vida me había dado el doble de años con golpes a sabor de experiencia.
Creo que
eran las 11 de la mañana cuando mi cerebro confabuló con mi tristeza y me hizo
desear una gota más de alcohol. Ya por llegar a la conocida Vivienda Obrera,
muy cerca del Estadio Bolívar, encontré una pequeña tienda, oscura en su
interior que era resguardada por una mujer mayor. Le pedí de inmediato me vendiera
un frasco de alcohol Guabirá y que además me regalase una bolsita rellena de
agua cruda. Conseguí alimentar aquel repentino deseo y seguir bebiendo.
No era
ningún indigente, pero aquel fatídico día conocí a gente que sí lo era. Ya
cerca del Mercado “Stronguer”, mi cansancio hace que repose en una banca de
madera que yacía solitaria en la puerta de una peluquería. Es entonces cuando
se aproxima un hombre mayor, de unos 70 años aproximadamente. Su cabello
pintado de gris cubrían las cicatrices que enmarcaban su rostro. De corta
estatura, aquel hombre decide acompañarme. Traía dentro de la manga izquierda
de su chamarra rota, una botella transparente de plástico. Extendió su brazo y
me alcanzó aquel líquido embotellado. No era alcohol, pero sabía horrible. Yo,
a modo de corresponder, le invité un sorbo de mi bolsa. Fue sorprendente su
reacción acompañada de las palabras “esto es agua, no más”.
Asustado,
no estaba. Me puse de pie y quise seguir bajando, pero este hombre me invita a
acompañarlo a su “casa”. Accedí. El viento soplaba y mi cabello huía hacia
atrás. Cada paso fue tan lento para mí, como si estuviera en dirección a mi
muerte. Llegué a la “casa” de aquel ser y me di cuenta que no tenía paredes ni
techo. Era un parque escondido detrás del mercado que contenía los peores
escenarios que jamás haya visto. Mujeres, hombres y hasta niños se encontraban
ahí. Al ir acercándome se reunieron alrededor y reconocían al visitante fugaz.
Un mundo
lleno de compañerismo utópico se abría delante de mí. No recuerdo sus nombres,
o mejor dicho, las “chapas” (apodos) de aquellos individuos olvidados por la
sociedad. Ese día toqué fondo. Ese domingo mi vida vería colores que jamás se
había imaginado ver. Bebí y bebí, ensuciando mi alma al mismo ritmo que mis brazos.
Fue triste la manera en que conocí aquel sub mundo.
Ya llegada
la noche, me fui. Caminé en silencio para que no notaran mi ausencia. Me aleje
cuadra a cuadra, llorando. Aquella noche llovió en la ciudad y en mi interior.
Ya en la puerta de mi casa, no pude coordinar mis movimientos y dejé caer mis
llaves. Dentro de todo aquel trágico día, sonríe, casi furtivamente, una luz intermitente que cegaba mis
ojos rojos e hinchados por mi desvelo. Mi madre. Abriendo la ventana, como
presintiendo que una parte de su ser estaba ahí abajo, necesitando ayuda, me
habló. Bajo a abrir aquella puerta metálica y ruidosa que me alejaba de mi
hogar. Lloré a caudales, tanto que hubo un diluvio en mis ojos al sentir el
abrazo de aquella mujer que me había dado la vida.
Comprendí
que uno no valora lo que tiene hasta que siente haber tocado fondo. No volví a
beber en meses, pero eso sí, ayudé a mucha gente que había sido devorada por la
sangre del mismo demonio: el alcohol. La vida tiene matices distintos que
necesitan de habilidades más grandes cada vez. El aprendizaje basado en la
experiencia talvez sea el que más duele, pero estoy seguro que es el que mejor
se valora.
sábado, 6 de octubre de 2012
REGALO DEL CREADOR PARA UN ADÁN COMO YO
![]() |
| Paraje furtivo que atrae a cualquier cazador |
En lo más
recóndito de aquél baúl que se nutre de mis recuerdos a diario; en esas páginas
que, de seguro, ya forman uno de los libros más largos de la historia, ahí están
ellas: las mujeres.
Desde que
mi imaginativa mente cobraba vida, un pedazo de suave tela cubriendo los
manjares más dulces de una mujer se hace presente para siempre: la minifalda.
Las vi de diferentes colores y estilos, de diferentes “cortes”, con un
contenido diferente que me llevaba de la mano por las fantasías más salvajes
que puedo recordar. Y puntualizo, utilizando palabras de Arjona, que “no es
ninguna aberración sexual”.
Aquella
prenda seria y, al mismo tiempo, sensual en cada centímetro ha evolucionado al
pasar los años, desde su creación hasta el día de hoy. Al principio, la
minifalda representaba un escape femenino dentro de un mundo machista. A medida
de que el tiempo transcurría en silencio, aquel pedazo de tela cobraba vida
propia.
Dando un
paseo, otra vez, por entre mis memorias, recuerdo a Andrea. Una bella mujer que
ostentaba orgullosa unos 17 años, buen porte y excelentes medidas. Ella pertenecía a un grupo de amigos de barrio, allá por la silenciosa zona de Tembladerani, que solíamos reunirnos de vez en cuando para compartir anécdotas y crear muchas otras.
Andrea era lo mejor del 2002, una muchacha con carisma y muy buen humor. La
razón que me obliga a mencionarla trae un verosímil disfraz seductor. Andrea vestía una
hermosa minifalda de color noche, tacones altos y una atractiva armonía en su
caminar. Si no eran los lunes, los demás días nos alegraba el panorama con una
suave “mini” a cuadros azules y grises. La clara imagen de una colegiala en
minifalda.
Al año
siguiente de su graduación, me dediqué a identificar a aquella diva anual que
endulzaría mis ojos pardos a diario. Las picardías de jóvenes en colegios, aquellos muchachos
ansiosos por expandir su álbum visual se quedaban parados en las gradas
esperando ver subir esas minifaldas —que por cierto eran motivo de prejuico en
ese entonces.
Nunca me
había fascinado tanto con una minifalda como en los días que inicié mi vida de
oficinista. Cada día era mejor. Mis compañeras de trabajo hacían de mi estancia
ahí un completo placer. Las veía pasar desde mi escritorio, a otras las
visitaba en los recesos del café o simplemente al yo pasar por su área de
trabajo.
Alejandra,
con sus hermosos 25 años, me miraba al pasar. Un soborno a mi sonrisa: su
minifalda. Hablaba bonito y al escucharla no podía resistir la tentación de
bajar la mirada hacia ese furtivo paisaje pintado de piel. Jamás me gustó ser
muy obvio con la mirada y así me mantengo hasta ahora. Hay un borde invisible
entre el respeto mutuo al apreciar la belleza de una mujer y la vulgaridad
total.
Podría
afirmar que a lo largo de mi vida, desde que tengo uso de razón, existen seres seductores que, todo el tiempo, brindábanme una tentación dulce y adictiva: las mujeres. Hermosas dádivas del Creador
para cada Adán como yo; seres que con solo pasar en frente de nosotros iluminan
el horizonte. Ellas y sus minifaldas, su deseo intenso de sentirse amadas por
los ojos nuestros. Incomparable sensación que recorre milímetro
a milímetro nuestras venas, haciendo posible así nuestra efímera existencia.
"¡Ay!
Mujeres tan divinas; no queda otro camino que adorarlas", Vicente Fernández.
jueves, 2 de agosto de 2012
PASAPORTE UNIVERSAL, HISTORIA DE UN HOY QUE AÚN NO LLEGÓ
![]() |
| Un rayo de sol, lluvia a mi alrededor |
Después de horas y horas que me atraparon a lo lejos, volví con fuerza. Estridente grito, que al ritmo de un buen riff del maestro George Lynch, guian mi mente por parajes escondidos y, a la vez, prohibidos. Excelente vista que sólo veo con los ojos cerrados; solitarias calles me muestran lo frío que puede el mundo ser sin un ingrediente vital: pasión.
Un cazador con ganas de más y más. Un amante furtivo, perdido por entre los brazos de la incertidumbre, agitado. Manos rodeando mi espalda, aire congelado que corre quemando cada uno de los rincones de este cuerpo fuerte, pero vulnerable a ti.
Además de cada palabra, tengo un ritmo diferente entre líneas. Ideales que hace tiempo vi nacer al momento de abrir mis ojos, sin ver. Y hoy es como ayer, la dulce amargura de una batalla sin censura. Hoy es ayer... y será también mañana.
Hoy tengo unas ganas locas de escribir un blues,
De dejar el triste anonimato y salir a la luz.
Hoy tengo historias que cambiarán el mundo entero,
Desgarrador y voraz, transformando a los demás.
Hoy quisiera tener un pasaporte universal,
Que pueda llevarme a todas partes, hasta el espacio sideral.
Hoy me muero en silencio por gritar cantando
Que lo que necesito es más que simple y vana atención.
Hoy, y talvez mañana, el viento se canse de soplar en tu voz,
Y callado te de vueltas como aquél huracán en tu habitación.
Hoy y siempre espero que nuestro mundo sea mejor,
Tomando en cuenta, a cada instante, a aquél titán que nació: el amor.
“Hoy, eternamente y aún después”, palabras que el pasado me
dejó;
Pues yo les digo que cada uno de nosotros es un escritor.
Hoy me muero por estar vivo, relajarme y tomarme una copa de
vino;
Pues los años pasan y mi piel de cacería por pasión está.
Hoy soy sólo un poeta que canta e interpreta canciones de
amor,
Un trovador que en sus líneas guarda la voz del corazón,
Hoy quiero ser alguien más, alguien con mucho coraje al andar;
Mi música y su aroma te recordarán cada una de mis notas, y más allá.
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